Fragmento
Por estas opulentas esquinas de musgos,
donde la altanería del pétalo y la turquesa
son una misma flor deshojable,
pasaron gentiles hombres sabios
que tenían un diamante en la muela del juicio;
maestros estupefactos con la vida de otros seres,
que bendecían con lágrimas
el diáfano testamento del horizonte:
temerosos estrategas sin zapatos;
erguidos maestros de la muerte;
esclavos sin amo y sin reinos;
excelsos guardianes con arpas,
que cuidaron el útero de la semilla
y nutrieron, sin cansancio,
a los que caían de bruces.
Todos ellos,
eruditos en la guillotina y analfabetos;
hambrientos panaderos sin títulos;
señores y bandidos, con aros de cobre,
sostuvieron la primavera del amanecer
con la lengua insípida del cuchillo.Majestuosa alcurnia mineral;
erudita villanía del alimento;
garante sublime de la supremacía del hombre;
errónea ecuación de sueños sin oídos;
estático paladar de la geología;
folio de escarcha metálica.
En los patios de la gula,
rezó el nuevo hombre,
y trajo en la grupa de una daga,
el espíritu maligno de un Dios.
Desde la bondad del grano
a la antigua parsimonia del elefante,
caerían de rodillas o de ocico
a las grandes cocinerías de los músculos
para extender los poderíos del nuevo dominio.
Después de ascender a la magistratura de la navaja,
alguien siguió rezando
porque anhelaba un aserradero
y otros, que transcendieron la tecnología,
otorgaron un carácter abstracto
a la desdentada mandíbula del cuchillo.
La pulcra lámina mineral,
avalista del párpado de odio,
escaló los dormidos abismos de la tierra
para ejercer con la furia del hueso roto
la bruma ministerial de la tala
entre los ásperos dedos del siervo,
quien, sin comprender su hazaña,
había cambiado de oficio.
Aquellos que la tuvieron
y acariciaron como a un venado,
también cayeron cortados en la codicia.
Cuando todo el vecindario
se licenció con el filo de la hoja,
los más sabios instalaron:
cuchillos en las murallas,
cuchillos en el cielo,
cuchillo en el viento,
cuchillos en el pan,
cuchillos en los testículos,
cuchillos en el útero de las mujeres
que parían niños sin orejas,
con las uñas afiladas hasta el arrecife de la lúnula,
y una Biblia de enlaces peptídicos
sobre el arte de las carnicerías.
Así,
llegó el gabinete de la navaja
a nuestra afilada conciencia.
Histoire de la Nuit. Montreal: l'Hexagone, 1999.