Una lluvia de peces caía sobre el Reino de la Muerte, al sur del mundo; él iba oscuro, magro, sin sombra, buscando un cuerpo; cuando la mirada, como mariposa nocturna negra, se le posaba sobre un cuerpo, brillaba, como si viera el oro; pero oro no había, noche había, muchas noches y la muerte deslizándose por esas noches, él iba a tumbos, se varaba en las esquinas, babeaba, le pintaban de rojo el cuerpo los semáforos entre la niebla sinuosa, espesa, se sentía como un perro, la lluvia lo llenaba por entro como sangre, la lluvia se le empozaba en los bajos fondos del alma; iba así, turbio, pensando en los dorados destellos del amor, pero amor no había signos había premoniciones, advertencias, todo su derrotero de calles era una advertencia, sobre la tierra, el polvo, el humo, la sombra nada; así, yendo como u perro, llegó a los límites de a ciudad, brumosos; en una punta de tierra halló dos maderos muy grandes, uno más largo que el otro, y el uno sobre el otro hechos una cruz: -Di lo que deseas -dijo una voz en off. -Maese, sólo deseo tu poder.
El último viaje, Cipango, Pp. 125-126
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